Reseña | «La Isla del Tesoro» de Robert Louis Stevenson

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La Isla del Tesoro es una de las primeras lecturas con la que se han iniciado varias generaciones de lectores y que viendo la cantidad de ediciones que sigue teniendo la obra de Robert Louis Stevenson supongo que seguirá siendo leída por todos los infantes que gustan de la novela de aventuras. Pero hace no mucho leí por ese océano de información que es la internet que La Isla del Tesoro es un libro que todo el mundo conoce su trama pero que muy pocos han leído —algo que supongo también pasará con El Quijote o con La Odisea—, hecho que me hizo preguntarme si autores que fueron —y son— tan queridos para mí como R. L. Stevenson, Emilio Salgari, Jules Verne, Mark Twain, Jack London, H. G. Wells y otros clásicos de finales del siglo XIX y principios del XX seguían teniendo vigencia o si han quedado obsoletos tras la aparición de nuevos clásicos como J. K. Rowling al conectar mejor con los jóvenes lectores del siglo XXI con su saga Harry Potter. También me pregunté como aguantarían estas novelas juveniles decimonónicas una lectura en la edad adulta, si, como algunas películas y series de nuestra infancia, no pasarían el severo juicio del paso del tiempo, en este caso de la edad; por este motivo me planteé releer algunos clásicos juveniles de aventuras como 20.000 leguas de viaje submarino, La isla de coral, El corsario negro, Las aventuras de Tom Sawyer o la mismísima Isla del Tesoro con la que inauguramos la serie de piratas y corsarios.

La trama es de sobra conocida: El joven Jim Hawkins trabaja en la posada Admirante Benbow, propiedad de su familia. Un día llega a la posada un viejo y excéntrico marinero llamado Billy Bones, el cual canta una inquietante canción pirata sobre el cofre del hombre muerto y que tiene pavor a un marinero al que le falta una pierna. Tras una serie de encuentros indeseados y escalofriantes, Hawkins encuentra entre las pertenencias de Bones un paquete que el mapa lleva al doctor David Livesey y al caballero John Trelawney, allí descubrirán el mapa del tesoro del capitán Jonathan Flint y fletarán en Bristol una nave llamada La Hispaniola y donde un inocente Trelawney confía el reclutamiento de la tripulación a un cocinero de una pierna llamado John Silver el Largo…

Robert Louis Stevenson en Samoa, c. 1890.

La Isla del Tesoro es el arquetipo de las novelas de piratas ya que contiene casi todos —si es que no los tiene todos— los ingredientes y tópicos de este subgénero de aventuras: un tesoro enterrado lleno de reales de a ocho y otras monedas en una isla desierta, un mapa del tesoro,  canciones piratas, bucaneros que se rigen por un código, el capitán pirata mutilado y con un loro al hombro, filibusteros pendencieros y sedientos de ron… Si bien es cierto que Stevenson tomó la varios de estos tópicos e ideas de obras anteriores —como El pirata (The Pirate, 1822) de Walter Scott, Una Historia General de los robos y asesinatos de los piratas más notorios (A General History of the Robberies and Murder of the Most Notorious Pyrates, 1724) atribuída al escritor irlandés Daniel Defoe, El escarabajo de oro (The Gold Bug, 1843) de Edgar Allan Poe, La Isla de Coral (The Coral Island, 1857) de R. M. Ballantyne, también Los hijos del capitán Grant (Les enfants du capitaine Grant, 1867) de Verne o El piloto (The Pilot, 1823) de James Fenimore Cooper—, no es menos cierto que La Isla del Tesoro fue la que forjó en el imaginario colectivo la imagen del pirata que tenemos desde que fuera publicada y que podemos rastrear la influencia de la obra de Stevenson no solo en la literatura posterior —además de las traducciones a más de un centenar de idiomas— si no también en medios tan diversos como en el cómic Long John Silver (Mathieu Lauffra y Xavier Dorison) o en el manga La nueva Isla del Tesoro (Shin Takarajima, 1947) de Osamu Tezuka, en el videojuego Monkey Island de LucasArts, en la película de animación El Planeta del Tesoro (Treasure Planet, 2002) o más recientemente en la saga Piratas del Caribe. Y no solo eso, si no que La Isla del Tesoro también contiene la canción pirata más famosa de todos los tiempos —con permiso de La canción del pirata de José de Espronceda— El cofre del hombre muerto que más tarde Young E. Allison expandió añadiéndole unos versos más.

La relectura de La Isla del Tesoro me ha vuelto a parecer agradable, quizás con menos impacto que cuando era adolescente, pero sigue funcionando muy bien como novela de aventuras y sigue plagada de personajes atractivos como Billy Bones o Ben Gunn; por el contrario me ha parecido en esta relectura John Trelawney un personaje bastante humorístico por lo zoquete que puede llegar a ser, el doctor Livesey es una persona prudente que maneja bien sus aptitudes diplomáticas pero que antepone su juramento hipocrático a cualquier circunstancia. Mientras que Jim Hawkins es un personaje más instrumental para que el lector juvenil se sienta identificado, aunque es cierto que también es desobediente lo que le hace ser el motor que mueve la historia, pues es él quien encuentra el mapa que esconde Billy Bones, es él quien lleva el mapa al doctor y al caballero, lo que deviene en la expedición en busca del tesoro del capitán Flint, y es él con su audacia quien hace que cambien las tornas. Y aunque es Hawkins el protagonista de La Isla del Tesoro y todo lo vemos a través de la subjetividad de sus ojos —salvo el capítulo narrado por el doctor— sus opiniones y descripciones sobre los piratas y las acciones que se van desarrollando en la novela están impregnadas por un halo de romanticismo que nos hacen más fascinantes a los piratas. Pero dicho esto, desde mi punto de vista —y es algo que no vi en mis primeras lecturas— el verdadero protagonista de la novela es Silver, quien de una manera u otra su figura siempre está presente durante toda la historia, ya al principio se nos lo presenta como un  misterioso «marinero sin pierna» al que Bones le tiene pavor, luego como un simpático cocinero casado con una mujer negra que embauca al joven Hawkins hasta que ya abordo de La Hispaniola se quita la careta y se nos revela como el sanguinario pirata que —a pesar de estar impedido— puede mantener a raya y es respetado por los demás piratas. Robert Louis Stevenson le otorga a este pirata una personalidad poliédrica que hace de él el personaje más interesante de toda la novela con diferencia, de hecho el primer título que tuvo esta obra —The Sea Cook— hacía referencia al propio John Silver el Largo, un hombre capaz de bautizar a su loro con el nombre de Capitán Flint como homenaje y burla a su antiguo capitán.

La Isla del Tesoro (1883) es el lugar perfecto para iniciarse tanto en las novelas de aventuras en general como en la obra de Stevenson en particular, ese escritor escocés de salud mermada que cuando falleció a la temprana edad de cuarenta y cuatro años en la lejana Samoa, nos había legado un puñado de clásicos como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886), La flecha negra (1888), Bajamar (1894), Las nuevas noches árabes (1882) o El señor Ballantrae (1888), entre muchas otras. Todas estas obras me remiten a mañanas en la biblioteca pública y a calurosas tardes de lectura veraniega navegando en La Hispaniola en busca de un tesoro enterrado por un pirata o en compañía del abogado Gabriel John Utterson para averiguar qué hay detrás de la extraña relación entre el doctor Jekyll y el señor Hyde. Y al volver a transitar tantos años más tarde las aguas del Caribe de la mano de Stevenson, ahora como entonces, siento que la tripulación es la misma y que, aunque yo he encanecido, vuelvo a ser bienvenido a bordo… Yo-ho-ho, and a bottle of rum!

Ficha técnica:

Título original: Treasure Island.

Autor: Robert Louis Stevenson.

Número de páginas: 258.

Editorial: Club Internacional del Libro.

Año: 2009.

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